El Síndrome de Peter Pan

El Síndrome de Peter Pan

M. tiene 39 años y afirma estar en crisis. Su chica, I., se queja de que es inmaduro, de que tiene pánico al compromiso, de que no quiere tener hijos y de su escasa ambición profesional. También sugiere que comparte demasiado tiempo con sus amigos, que no tiene edad para llevar camisetas, que invierte demasiado en música, cine y novelas gráficas. Ella insiste en que él padece síndrome de Peter Pan y afirma con vehemencia que ella no quiere ser su Wendy. Le ha puesto un ultimátum, o crece o se separan.

Gracias al cine todos conocemos a este niño vestido de verde. Peter Pan es el protagonista del texto que James Mathew Barrie escribiera en 1904. Se trata de un niño que se niega a crecer; lidera a los niños perdidos y junto a Campanilla vive múltiples aventuras de piratas, sirenas e indios en el país de Nunca Jamás.

La idea central de la obra se relaciona con el paso del tiempo y la pérdida de la inocencia. Barrie confronta el universo infantil al mundo adulto, y los concibe como realidades dicotómicas y antitéticas. O se es adulto o se es niño, no hay grises. Madurar por tanto implica dejar atrás la alegría e espontaneidad de la infancia para entrar en un mundo de estabilidad, responsabilidades y normas.

En cuanto al síndrome de Peter Pan, Dan Kiley introdujo este manido término en 1983 en su superventas ‘El síndrome de Peter Pan: hombres que nunca crecen’. para designar un hombres que no maduran, o dicho en otras palabras, que no se comportan como sus coetáneos. El libro fue un éxito editorial inmediato. Estuvo expuesto en las concurridas estanterías de autoayuda y fue traducido a 22 idiomas. Kiley pasó a ser un personaje famoso que frecuentaba programas televisivos y llenaba salas de conferencias. Un año más tarde publicó ‘El dilema de Wendy’, dedicado a las mujeres que ejercen de pseudomadres abnegadas en sus relaciones de pareja.

Algunos críticos defienden que el éxito del concepto se explica por la coincidencia de una generación de padres y cónyuges frustrados con un creciente número de treintañeros con dificultades para sentar cabeza.

Kiley describía al afectado por el síndrome como un adulto inmaduro, irresponsable, rebelde, dependiente, narcisista, manipulador y con dificultades para cumplir con la norma social. A priori son rasgos que nos podrían recordar a un trastorno de la personalidad. Así lo indicaría un estudio llevado a cabo en 2009 por el Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima (IDIC), señalando las coincidencias entre el síndrome de Peter Pan y los trastornos limite y narcisista de personalidad.

El concepto ha penetrado en el imaginario colectivo y forma parte ya de la cultura popular. El uso cotidiano del término síndrome de Peter Pan refiere aquellos hombres que mantienen ramalazos juveniles y no se adaptan fácilmente a la expectativa de su franja de edad. No ha corrido la misma suerte en la práctica clínica. El síndrome de Peter Pan no tiene entidad clínica reconocida. Es decir, no es una enfermedad mental contemplada en los principales manuales diagnósticos y no debería ser objeto de tratamiento psiquiátrico o psicológico cómo tal.

La contribución del trabajo de Kiley es evidente, acerca un retrato minucioso de su experiencia clínica a un gran número de personas. El problema podría emerger de la patologización de lo que no compone una enfermedad mental sino el producto de un cambio social, económico y cultural. Corremos el riesgo de tildar de enfermedad mental aquello que consideramos socialmente inadecuado, aquello que se escapa de las expectativas de la mayoría. Aquello que no es la gente normal de Rajoy. No es el único caso de patologización de hombres adultos que no “asumen su edad”. Daniel Levinson ya trajo el concepto de crisis de mediana edad o crisis de los cuarenta al ámbito de la psicología en la década de los sesenta para retratar un sector masculino que tenía dificultades para responder a lo establecido culturalmente en occidente. El término ha permeado y evolucionado en la sociedad, y en la actualidad una crisis de los cuarenta no tiene la connotación patológica de antaño.

En España, la edad media en los consumidores de videojuegos se acerca a los 30 años, el número de solteros crece sin parar y los cuarentañeros están cada vez más presentes en el Primavera Sound. Muchos hijos del baby boom setentero hacen compatible su integración y autonomía con hábitos que podemos tildar de juveniles. ¿Por qué atribuir un carácter inadecuado o patológico a la conservación de actitudes y atributos propios de la juventud? Establecer un compromiso monógamo, lanzarse a una hipoteca, tener hijos y echar siestas los domingos no son pasos obligatorios en el camino hacia la vida adulta. Renunciar a unas aficiones e intereses para asimilar otras más aceptables en tu franja de edad no es imprescindible. El proceso de transformación y la respuesta a la generación previa no tiene por qué conformar un síndrome pandémico.

Como bien dijo el sabio: “¡Deja a los chavalotes Pablo, déjalos que caminen como ellos camelen, si los chavales camelan, pegarle un poquito a la lejía o camelan pegando un poquito a la mandanga, pos déjalos!” – José Luis Cantero (El Fary), 1978.

David Martín Escudero

*Ilustración de Elvira Zamorano

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